Cometas sobre Ammán

El cardamomo con el que los jordanos preparan el café tuvo la culpa. No sabía que su sabor fuera tan fuerte. El regusto que me dejó hizo que me apartara del resto de comensales y saliera a la terraza del restaurante para tomar el aire. El local estaba ubicado en una segunda planta de un edificio de estilo rústico, así que tuve la ocasión de contemplar gran parte del centro urbano.
Visualicé la infinidad de alimentos que dejan fuera de las tiendas bajo el sol, la basura esparcida por el suelo, a las mujeres vestidas con sus mejores galas para sus quehaceres diarios o cómo son los hombres dueños de las aceras. Sin embargo, mis ojos quedaron clavados en un punto fijo. Tras una de las casas más altas encima de una colina, vi colores. -¡Cometas!- dije en voz alta. Era cierto lo que estaba viendo, cometas de colores sobrevolar la homogénea ciudad de Ammán.

Ammán

Ammán

La sonrisa se dibujó en mi cara. Por un instante regresé a mi infancia, cuando mi padre me regaló una. Fuimos a la playa para hacerla volar, pero fue casi imposible y la escasa paciencia de mi progenitor tampoco ayudó. Desde entonces nunca más había vuelto a ver este juego infantil. Verdes, rosas, azules, amarillas… se asomaban y a los pocos segundos desaparecían.
Fue entonces cuando empecé a encontrar sentido a la llamada Ciudad Blanca, puesto que las estampas que observaban mis retinas eran pequeños matices que en muchos rincones del mundo ya estaban perdidos. Valores que aportan riqueza a un lugar que no despunta por su belleza natural.

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-¡Taxi!- al entrar el conductor nos saludó con efusividad. Su bigote alargado y grande hizo que las risas entre nosotras no tardaran en llegar. –¡Hola! siga a las cometas que ve al fondo en el cielo, por favor-Cuando entras a un taxi y das esa indicación, mínimamente inquietas al chofer.
Perdone, no sé si le he entendido bien, ¿de qué me está hablando?-Su movimiento de boca al hablar hacía que el bigote se moviera para arriba y para abajo sin compás. Eso hizo que nuestras risas fueran a más y le contagiáramos una carcajada. El juego le gustaba.
Las tardes de verano en Ammán para los más pequeños son un ritual, ¿no es así?-Le convencía la conversación “absurda” mientras que se dirigía ninguna parte. ¡Eso sí!, con el taxímetro en marcha.
No entiendo nada-cada vez la situación le parecía más graciosa. De hecho, comenzó a juguetear con el móvil en busca de una llamada.
Es fácil. Basta con cuatro palos, una sábana vieja y una cuerda larga para hacer volar una cometa y fijarse en las tonalidades que sobrevuelan Ammán y dan vida y alegría a una ciudad uniforme.
¡Entiendo! Mi hijo pequeño tiene una de esas cosas. No sé donde la encontró. Pero lo que sí sé es que mi mujer no le deja estar todo el día jugando con ella en la calle. Mi nombre es Mohammed-su verborrea por fin empezaba a florecer. Y parecía que ya hablábamos el mismo idioma.
Así que está casado y con hijos-Ninguno sabíamos a donde nos dirigíamos. Aunque Mohammed no manifestaba tener prisa. De hecho estábamos parados en mitad de la ciudad, observando a los peatones atravesar la carretera a su suerte, escuchando a los coches pitar sin dar tregua a los tímpanos y como las carretillas con alimentos se inmiscuían entre el tráfico provocando peleas verbales.
Sí, Fátima se llama. Y cuatro hijos varones. Os enseño una foto de todos ellos, así podéis ver lo guapos que son
¡Guapísimos! El de la izquierda se parece mucho a usted-aquella fue una contestación correcta, ya que no logramos ver bien a su familia, la foto estaba borrosa y la pantalla del móvil partida en pedazos. Mientras tanto, nosotros logramos salir de escasos en el que estábamos metidos.

Ammán

Ammán

Mirar a vuestra derecha. Que aunque los turistas no os lo creáis, Ammán también tiene su riqueza. Lo que veis son vestigios de la época romana. El teatro es su mayor tesoro, salta a la vista, tiene una capacidad para unas seis mil personas. Y su fórum y odeón son construcciones restauradas con el objetivo de acoger, de vez en cuando, actuaciones musicales o teatrales-.
¿Se celebran conciertos de músicos famosos?-la conversación fluía sola. Y Mohammed se involucró en la improvisada ruta turística.
Las audiciones de mayor envergadura, normalmente, se ofician en la Ciudadela. De hecho, hace poco estuvo dando un recital, el español, Julio Iglesias
¿Julio Iglesias? ¡Qué categoría! ¡Sí señor!
¡Es español como vosotras!
Sí, pero ese color moreno intenso que mantiene durante todo el año dudo que sea exclusivamente de estar en Marbella. Lo cierto es que me recuerda mucho a usted-las risas no cesaron. Y él parecía estar encantado con la comparación.
Os mostraré donde actuó-quitó el intermitente y se dirigió hacía una cuesta empinada. Teníamos dudas de que ese cacharro viejo en el que estábamos montadas subiera esa pendiente. Fue un auténtico reto llegar hasta la cima con el Mercedes 200D-Este es el parque de la Ciudadela. No os bajéis porque son las 17:30h y cierran a las 18:00h, y para pagar 2JD por estar media hora mejor os lo explico yo. Así que escuchar, pues no es un recinto cualquiera, es una ciudad en ruinas que acumula legados de los más antiguos del mundo. Los historiadores dicen que ésta área estuvo habitada. Aunque lo especial del lugar es contemplar la estampa que ofrece, y las vistas-
Lo que vemos desde el taxi es una maravilla. Es perfecto para desconectar del bullicio de la urbe un rincón que probablemente nunca aparezca en los primeros puestos de las guías, revistas o internet-¿El escenario que tenemos a la izquierda es donde cantó Julio Iglesias?-
Supongo, porque yo no pude pagar los más de 50JD que valía la entrada. Costaba más que entrar a la ciudad perdida de Petra. Aún así me sé todas sus canciones. Atentas que no se me da bien el español: “Me va, me va, me va, me va, me vaaa; me va la vida, me va la gente de aquí y de alláaaaa”-
-“Me va la fiesta, la madrugá, me va el cantar”-nosotras también nos animamos y le hicimos los coros. Juntos nos reímos hasta que alguien golpeó la ventanilla del conductor.
Ahora vengo. No os preocupéis, quedaros dentro del taxi-nuestras caras manifestaban preocupación. La última vez que miramos el reloj ya habían pasado veinte minutos desde que Mohammed había entrado acompañado a una caseta aledaña a la Ciudadela.
Hay un problema-lo dijo acomodándose de nuevo en su vehículo-Eran policías, vigilan que los habitantes de Ammán que no sean guías oficiales puedan ejercerlo para ganarse un dinero extra-lo dijo apenado, ya que le estaba gustando esta carrera.
Por nosotras no hay problema. Si quiere cuando vayamos al siguiente destino, podemos bajarnos del taxi, dar una vuelta y volvernos a meternos en el suyo-.
Intentaremos disimular!-la sonrisa que nos dedicó por el retrovisor interno delató que él también estaba dispuesto a encontrar la esencia que había olvidado que existía en su propia tierra. Aunque sin dejar de tararear, en bajo, las canciones más pegadizas de Julio Iglesias.
¿Ya hemos llegado?-dije ansiosa, y porque parecía que Mohammed paraba el coche.
Agacharos que junto a esa rotonda hay policía-tumbadas unas encima de otras y con las ventanillas abiertas para captar el olor de la fruta, la carne y sobre todo de las especias, nos contó a grande rasgos lo que es el zoco.Es la naturaleza de la ciudad y de sus gentes. Sus calles están repletas de puestos de comida y aderezos. Y una vez dentro te ves envuelto por su fragancia y sonido, es un verdadero laberinto. Veréis a los vendedores y compradores gritar para intentar vender sus productos. Es un escenario incoherente, pero es lo que da sentido al encanto caótico de Ammán-.
¿Quién no ha oído hablar alguna vez sobre algún zoco?-dijimos todas sonriendo. Acto seguido comenzamos hablar en español sobre todos los regalos que compraríamos.

Ammán

Ammán

Sonó un móvil. –Es Fátima, mi mujer-mientras que Mohammed hablaba en árabe, yo no quitaba detalle de todo lo que observaba a través de la ventanilla del coche.
Lo siento, pero os tenéis que bajar. Mi hijo pequeño no ha pasado por casa en todo el día y tengo que ir a buscarle-No lo dijo con mucha preocupación, así que le pregunté a ver si podíamos ir con él. Parecía saber donde se encontraba su crío. De ese modo, nosotras aprovechamos para conocer otra zona de la ciudad, la parte con menos recursos, donde reina la ley de la calle.

A poca distancia de donde estaban unos niños jugando en corro paró el taxi en seco y Mohammed salió del vehículo. Ahora sí que se mostraba enfadado. No sabemos qué es lo que le dijo, a Jalil, su hijo menor, pero dejé de prestarles atención porque al coche se acercaron el resto de chicos que vimos en el corro.
Nos miraban con curiosidad y gesticulaban para que les hiciéramos fotos y se las enseñáramos. ¡Sabían posar a las mil maravillas! El más pequeño, sin zapatos, con la cara llena de barro pero con una sonrisa pícara y preciosa me cogió de la mano y me llevó hasta donde antes de llegar nosotras habían estado trasteando. Allí me señaló cuatro palos, una sábana de colores vieja y una cuerda larga. ¡Cometas!

2017-07-17T09:14:44+00:00
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