Manu Garcia Secretos de Madrid

Japón: Mucho más de lo que puedas imaginar

Habitualmente es la alarma del móvil la que tiene que rescatarme de los brazos de Morfeo. Bueno, esta afirmación no siempre es así ya que el día que llegar el momento de emprender un largo viaje, mi organismo se despierta sólo, espoleado por los nervios. Obviamente aquel amanecer de agosto de 2015 se repitió esta máxima ya que tenía por delante una aventura que me llevaría, en solitario, a la otra punta del globo, concretamente a Japón, la fascinante capital del Imperio del Sol Naciente. Los que amamos viajar compartimos esta inquietud y nerviosismo en las horas previas a cada viaje. Seguro que sabéis de lo que hablo.

Cerrar maleta, chequear pasaporte, dinero y los miles de cargadores que siempre me acompañan. Todo listo. Antes de cerrar la puerta lancé una última ojeada al interior de mi piso en Madrid, consciente de que la próxima vez que lo viese volvería con un enorme puñado de experiencias y recuerdo grabados en la memoria. Es, ante el encuentro inminente con tu país de destino, cuando te reafirmas y repasas mentalmente los motivos que te han llevado a emprender ese viaje: Una gastronomía única en el mundo, una cultura milenaria, una sociedad respetuosa y civilizada hasta el extremo, donde tradición y modernidad conviven codo con codo. Había demasiados argumentos para emprender esta aventura. Diez días por delante para conocer Japón y porqué no, para conocerme a mi mismo.

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Recuerdo que en el vuelo con escala en Múnich coincidí con una compañera de viaje muy particular. Una chica de Yokohama que trabajaba en la Universidad de Salamanca como profesora de japonés. Cuando me vio leyendo y haciendo anotaciones sobre mi guía  de Japón me preguntó si era mi destino final. Ante mi respuesta afirmativa soltó una respuesta que no olvidaré: “¿Viajas solo a Japón? ¿Sin conocer el idioma? ¡Qué valiente!”. No sé si valiente o temerario, pero lo cierto es que sus palabras resonaron en mi cabeza  en cuanto aterricé en Japón, recogí mi llamativa maleta naranja de la cinta de equipajes y atravesé las puertas. En un abrir y cerrar de ojos me transporté a un universo paralelo. Me sentí igual que Bill Murray en ‘Lost in translation’. Leer todos los paneles de información en japonés mientras observaba boquiabierto cuanto me rodeaba fueron unos segundos de shock que jamás olvidaré. “Esto no va a ser tan fácil como creías”, pensé al instante. Pero con un poco de paciencia, otro tanto de intuición e imagino que una chispa de suerte, en menos de lo esperado ya estaba en el metro de camino a Shibuya, donde aguardaba mi hotel.

Japón: Mucho más de lo que puedas imaginar

Tokio

El siguiente gran choque cultural no tardó demasiado en hacer acto de presencia, fue al montarme en el vagón del metro cuando noté que algo faltaba. Miré a un lado y a otro extrañado. El coche estaba repleto de pasajeros pero en el interior imperaba un silencio absoluto. Acostumbrado al metro de Madrid, donde toca aguantar una banda sonora de lo más estridente y variado, aquel vagón era un paraíso deslizándose sobre raíles. En cuanto regresé a la superficie me di de bruces con el Japón más actual y cosmopolita. El que fluye bajo un cielo de neones, donde los estilismos más sorprendentes no consiguen arquear ni una sola ceja. Salir a flote en pleno Shibuya, en el paso de cebra más transitado del mundo, fue toda una prueba de fuego para mis atolondrados reflejos tras 17 horas de viaje. Sobreviví a aquel desafío y 200 metros después, mapa en mano, llegué a mi hotel.

Aquel fue el primer peldaño de una escalera llamada Tokio que me enamoró de manera absoluta de esta ciudad. Desde las elegantes y amplias aceras comerciales de Ginza, al delirante mundo manga de Akibahara, sin olvidar espacios como el noctívago Shinjuku, o los verdes jardines del Parque Ueno o del Palacio Imperial. Todo en Tokio, y más cuando es tu primer contacto con la sociedad japonesa, te obliga a caminar con los sentidos bien despiertos, para que no se te escape ninguno de los cientos de detalles que te hacen frotarte los ojos. Las señales de tráfico, los diminutos restaurantes, los taxis o las máquinas de refrescos. Cada mirada exige una fugaz reflexión. Todo es igual pero distinto, una interpretación diferente de nuestra sociedad. Mi estancia en Tokio dio para mucho, cinco días exprimidos al máximo, despertándome a las 6 de la mañana y sin regresar al hotel hasta bien avanzada la noche. Sólo así uno puede estirar las jornadas de excursión para ver todo cuanto desea, y aún así, me quedaron demasiadas cosas en el tintero. Una ciudad interminable, con más de 14 millones de habitantes tiene mucho que ofrecer. De Tokio me quedo con los paseos nocturnos por los barrios tradicionales de suelo empedrado de Asakusa, con la espiritualidad del templo Sensoji y con el delirio consumista y geek de Akihabara. No obstante, estos primeros días también los aproveché para moverme de la ciudad y me acerqué a Nikko y a Kamakura.  Localidades mucho más discretas, famosas por sus templos. Perderse por ellas, sin prisas, accediendo a lugares donde era el único turista, mientras descubría las bondades del Japón más íntimo y profundo, fue algo extraordinario. Encuentros con el Gran Buda de Kamakura o callejear por el santuario de Toshogu fueron una delicia para ir tomando contacto con el lado más devoto y ferviente de este amable país.

Japón: Mucho más de lo que puedas imaginar

Kioto

Aquella fue la Cara A de esta odisea, para llegar a la segunda tuve que hacer uso del shinkansen, más conocido en nuestra tierra como ‘el tren bala’, un trayecto a más de 400 kilómetros por hora con destino a Osaka. Allí instalé mi campamento base desde el cual podría explorar, cómodamente otras poblaciones como Nara, Hiroshima o la milenaria Kioto. De la primera destacar los cientos de ciervos y cervatillos que campan a sus anchas por todo el centro histórico. ¿El motivo? Allí son considerados mensajeros de los dioses así que son un animal sagrado, de ahí que sean los verdaderos amos de la ciudad, una grata compañía mientras visitamos el imponente templo de Todaiji, una descomunal construcción de madera cuyo interior custodia una figura gigante de buda.

Japón: Mucho más de lo que puedas imaginar

Isla Miyayima

Mucho más conmovedor fue mi paso por Hiroshima, ciudad con un triste lugar reservado en la historia de la humanidad por la bomba atómica que arrasó con buena parte de ella en 1945. La visita al Museo Conmemorativo de la Paz es tan obligada como dura, por las piezas y testimonios que en él se muestran. Más relajada fue la visita al Santuario Itsukushima conocido por su gran tori que la marea, cada vez que sube, se encargar de cubrir en parte. Cómo gran broche final a mi acelerado paso por esta parte de la isla reservé dos días para la ciudad de Kioto, afamada por sus templos y por ser el espejo del Japón más tradicional y auténtico, en contraste con el bullicioso Tokio. Sinceramente, perdí la cuenta de los templos que conocí pero admito que, solo el hecho de ver cada uno de ellos merecía ya por sí la visita a ese país. Kioto está hecha para degustarla con mimo, como una buena taza humeante de té. Dejándose llevar por sus verdes caminos que nos conducen hasta bellísimos templos. Kinkaku-ji (El templo dorado) y Ginkaku-ji (el templo de plata) fueron quizás los más destacados. De mi estancia en esta ciudad me llevo la espiritualidad del Paseo de los Filosofos, la dura ascensión por el Fushimi-Nari atravesando cientos de pórticos naranjas, el caminar junto a la orilla del río mientras se apagaba el día cruzándome con varias geishas y, porqué no confesarlo, saborear las galardonadas como mejores gyozas del mundo. Kioto y Tokio se complementan a la perfección, son las dos caras de una misma moneda que siempre llevaré conmigo. En definitiva, dos paraísos dentro de un mismo cielo.

Japón: Mucho más de lo que puedas imaginar

Calle Kioto

El día antes de emprender mi regreso a España hice una última noche en Tokio para despedirme de ella por todo lo alto. Para ello opté por alojarme en uno de sus afamados hoteles-cápsula. Sin duda, una de las experiencias más originales que he podido vivir. Allí, desde el momento en el que entras accedes a un vestuario y te invitan a ponerte un pijamita marrón, similar al que usan los médicos en las salas de operaciones. En el momento en el que te lo pones pasar a ser uno más en esa extraña familia. En el hotel me sorprendió la calidad de las instalaciones, desde sillones de masaje hasta un omsen tradicional, pero nada igualable a la sala de los dormitorios. Para acceder a ella había que traspasar una puerta que sólo se deslizaba al pasar una pulsera que te entregan en recepción por el lector. Aquel lugar de aspecto futurista parecía más una nave espacial que un hotel. Un enorme pasillo custodiado por ambas paredes en las que, a modo de nichos, se ubicaban las habitaciones. Sus dimensiones, de un metro de ancho por 1.20 de alto no son aptas para claustrofóbicos pero cuentan con todo tipo de comodidades (teniendo en cuenta su tamaño), es decir: televisión, cascos para escuchar música, una tablet con juegos y una socorrida botellita de agua.

Japón: Mucho más de lo que puedas imaginar

Hotel capsula

Aquel diminuto espacio fue el lugar donde pude recapacitar y hacer balance de un viaje fascinante que recomiendo a todo el mundo. Un choque de culturas sin igual que ya estoy deseando saborear de nuevo. Sobre las espaldas 10 días intensos, en los que conocí siete ciudades diferentes, de cada una me llevé algo conmigo. Japón es sushi, karaoke y manga pero también aporta mucho más, una sociedad civilizada y atenta hasta el extremo, una cultura asentada sobre el respeto y la tradición, un país repleto de contrastes en el que vale la pena perderse una y mil veces.

2017-07-17T09:14:43+00:00
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