Pau G. Solbes – Personas

Tras los pasos de un samurai del siglo XXI

Experiencias Japón

Las estaciones de metro en Tokio suelen ser un hervidero de gente casi a cualquier hora del día. Sólo tienes que detenerte unos segundos para contemplar el maravilloso espectáculo que teje el trajín de personas que van y vienen como si fuera un hormiguero perfectamente organizado. Si por casualidad te encuentras en la terminal de Tamachi alrededor de las seis de la tarde, observarás a muchas de esas personas portando una funda de gran tamaño en la que guardan con mucho celo su sable de bambú o shinai.

A pocos minutos de esa parada (ubicada en uno de los barrios nobles de la capital de Japón) queda el Centro de Deportes de Minato. Allí se encuentra uno de los dojo de kendo más prestigiosos de Tokio, pues su reputación la otorgan los 8 maestros de octavo dan que imparten clases en esta escuela, sin duda, una circunstancia realmente insólita por su complejidad. Es en este lugar donde cada semana se dan cita dos personajes que vienen de mundos totalmente opuestos, pero que por unas horas comparten su pasión por un arte ancestral.

Minami sensei y Guillermo Navarro

El kendo está considerado como el heredero directo de las técnicas que utilizaban los samurais con sus katana o espadas. De hecho, muchos de los kendoka sienten veneración por estas armas de filo, aunque no es el caso de la escuela de Minato. Este dojo ha sido renovado completamente hace muy poco y es un lugar excelente para practicar esta disciplina, ya que las clases están abiertas a todo el mundo y el precio de las mismas es sólo de 200 yen por sesión (unos 1,60 euros).

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Pau con Minami sensei

Sobre su tatami se conocieron los dos protagonistas de esta historia, el japonés Minami sensei y el español Guillermo Navarro, que me abrieron las puertas de su gimnasio y me invitaron a pasar una tarde con ellos y sus compañeros.

Por los surcos de su cara, es fácil adivinar que Minami sensei supera holgadamente los 70 años de edad. Este oficinista de profesión (empleo conocido como salaryman en Japón) empezó a practicar kendo hace más de 5 décadas, pues era el único deporte que se adaptaba a su lesión de hombro.

Desde entonces ha hecho de este arte marcial casi un modo de vida y lo practica cinco días a la semana en dos dojo distintos. Su experiencia y sabiduría genera una veneración casi divina entre sus alumnos, y eso que aún está bajo la tutela de su anciano maestro al que acompaña por todo el mundo en sus charlas y lecciones.

Por su parte, Guillermo es un kendoka nacido en Lorca. Es un auténtico trotamundos y ha vivido largas temporadas en Francia, Filipinas y ahora en Japón donde ejerce de ingeniero informático. Allá donde ha residido, ha buscado algún deporte relacionado con la espada y anteriormente ha practicado la caña francesa o el arnis filipino. Cuando llegó al dojo de Minato por primera vez (hace ahora siete años), iba en ropa de calle, no sabía hablar japonés y era el único extranjero que había en la sala. Minami se acercó directamente a él, le prestó un shinai y le dijo directamente “pégame en la cabeza”.

El Kendo

En ese instante, Guillermo no lo sabía, pero el golpe que le propinó al anciano no le dolió en absoluto. Los kendoka van protegidos por un bogu o armadura para resguardarse de los ataques de sus rivales. El equipo completo cuesta desde 350 euros y yo pude comprobar en mis carnes que pesa alrededor de 5 kilos, a los que hay que sumar el característico keigoki (camisa) y la hakama (para cubrir las piernas) que siempre son de color índigo y de una tela muy gruesa para mayor seguridad.

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Saludo entre kendokas

Lo que más me sorprendió de aquellas horas que pasé en el dojo es que todo en el kendo sucede en cuestión de segundos. Los combates duran muy pocos minutos y la ejecución de los ataques requieren de una precisión de cirujano al golpear al rival. Además, los envites deben ser estéticamente perfectos y para más dramatismo van acompañados de un grito que cada kendoka personaliza con el objetivo de que se vuelva inconfundible.

Todo está sujeto a unas normas y rituales muy concretos que se repiten una y otra vez hasta alcanzar la excelencia. Da igual la edad, la experiencia de los kendoka, el tamaño, el sexo o la procedencia de las personas que haya en el dojo. Todos practican con todos y pueden enfrentarse a cualquiera en los entrenamientos o combates.

“El entrenamiento tiene que ser minucioso, debes controlar todos los detalles porque todo sucede de forma casi instantánea” me cuenta Guillermo mientras se prepara para practicar con Minami sensei. “Debes automatizar muchos movimientos y ser muy intuitivo, incluso dejar la mente en blanco para tratar de ganar a tu rival“.

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Kendo, shinai y casco

En una escuela con tanto nivel, todavía se recuerda el gesto que tuvo Minami sensei. Dejó su posición habitual junto a los mejores del dojo, para ayudar a los más novatos a progresar. Desde entonces, Guillermo aprendió a respetar especialmente a los mayores tanto en el kendo como en la vida. “Siempre te dan consejos excelentes y te enseñan muchísimas cosas, a veces sólo con una mirada o un gesto. No hace falta hablar”. En este arte marcial la experiencia es más que un grado, ya que a pesar de la avanzada edad de algunos kendokas “te siguen ganando cuándo y cómo quieren”.

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Kendo, combate

Salaryman o ingeniero informático, anciano o joven, español o japonés. Nada de eso importa cuando te enfundas el bogu y sujetas un shinai. Cientos de horas de entrenamiento… sangre, sudor y lágrimas. Minami sensei y Guillermo siguen citándose un par de veces por semana desde hace siete años y parece que no han perdido la pasión por este deporte de origen centenario. Siguen tras los pasos de los samurai, en pleno siglo XXI. ¿Qué tendrá el kendo que resulta tan adictivo para los que lo practican?

2017-07-17T09:14:41+00:00
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